Siendo botín de guerra: La violencia sexual como arma de represión


08/07/2021

Por: Maria Paula Martin  

El contexto actual en el estallido social, ubica los cuerpos como territorios de control político, cuerpos resultados de la vida en sociedad que diferenciados a través del género evaluados según su rol, se dominan o patriarcalizan, y que para un estado militar no son entendidos como parte de la identidad y memoria sobre los que se ejerce poder, es así que realiza la violencia sexual hacia las mujeres funciona como un mecanismo de conquista territorial. En Colombia las mujeres nos convertimos en objetos propiedad del enemigo y de los que se apropian como recompensa una vez cumplido el objetivo, somos un botín de guerra.

En el marco de las protestas a nivel nacional que iniciaron el 28 abril, en contra del proyecto de ley de la reforma tributaria y por el creciente inconformismo social, la ONG temblores ha reportado alrededor de más de 25 víctimas de violencia sexual por parte de la fuerza pública entre el 28 de abril al 31 de mayo del 2021. Resulta necesario cuestionarnos el papel que cumpliría dicha práctica, siendo  la violencia sexual un arma de guerra y una herramienta de política represiva.

Esa subalternización que se hace de lo opuesto como una amenaza para el estado, genera la creación de un enemigo interno en busca del poder y al que se debe eliminar: La represión actual y de la que hemos sido víctimas en un país que ha pasado por el conflicto armado interno y por las rupturas en su tejido social, está dirigido a señalar y aniquilar todo lo que vaya en contra de lo establecido, nos tildan de vándalos, guerrilleros y terroristas a los manifestantes.

Por otra parte, el entrenamiento militar y policial que afianza la construcción en sus miembros de una masculinidad fundada en el machismo, ubica a soldados y policías como figuras hiper masculinizadas y evita a toda costa la feminización de los mismos, les quita rasgos que debido a los roles de género se han atribuido a lo femenino (debilidad, compasión, sensibilidad) por lo que replega conductas violentas fundadas en discursos de odio. Así mismo hay una construcción del órgano masculino como simbología de poder que está amparado bajo la construcción de una hombría dominante.

Es entonces un entrenamiento que producto de una cultura y sistema patriarcal y misógino, los hace creer que tienen control sobre cualquier cuerpo porque son la autoridad y no servidores públicos, normaliza y replica la violencia simbólica y estructural contra las mujeres perpetuando un sistema que nos cosifica e hipersexualiza. La institución que promueve la protección ciudadana termina por agredir sexualmente a las civiles.

La población civil se ubica entonces como el enemigo del estado al que hay que aniquilar y la violencia sexual se posiciona como técnica de guerra que propaga la represión. En un país donde la violencia se celebra y la autoridad surge a través del sometimiento, los excesos de la fuerza del Estado derivan en violencia machista.

La violencia sexual que es mediatizada, como en el caso de la joven violada en popayán por agentes del ESMAD tras retenerla indiscriminadamente, genera que se ignore que este tipo de violencia es estructural y que se instrumentalice a las víctimas para la indignación momentánea dada por la viralización del caso. Medicina legal desmintió el caso ocurrido en popayán porque la víctima no fue penetrada, pero no podemos delimitar la violencia sexual a una penetración, hay más formas en la que se violenta a la mujer (acoso, tocamiento, comentarios sexistas, etc.) por parte de actores en el marco de la protesta: cuerpo policial y manifestantes.

Los pocos medios masivos que informan sobre estas violencias, caen en la revictimización y reproducen imágenes y mensajes revelando datos o información que exponen la intimidad de la víctima o la de su familia, así como imágenes o mensajes sensacionalistas que se aprovechan del dolor de las víctimas para politizar mediante lo emotivo, como en el caso de la patrullera violada en Cali. Usan a la mujer para dejar un mensaje de odio.

La represión perpetrada mediante los cuerpos infunde miedo, los ridiculiza, y esa violencia física, sexual y psicológica se vuelven simbólicas cuando el estado se ríe de ellas. El mensaje queda claro, se reprime para controlar y se hace a través del cuerpo impidiendo a la ciudadanía manifestarse porque ahora viven con el miedo de caer en la brutalidad policial, un paro censurado menos intenso, y en los medios tradicionales la policía y la derecha posan como héroes.

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