¡Oh júbilo, un tanto mortal!


Por Johan Sebastián Quintero

28/5/2021

En tiempos como estos, nuestro amado platanal sigue viviendo lo que por años ha padecido: la fragmentación de la sociedad en distintos bandos. Seguimos reviviendo un pasado que desconocemos, repitiendo una historia que trae consigo violencia y la muerte del que es o piensa diferente. Viendo el panorama actual, en un bando tenemos a un gobierno indiferente que ejerce su poder mediante una autoridad opresora, el otro bando son los muchos manifestantes que salen a las calles a levantar su voz en señal de protesta. A mitad del siglo pasado los bandos se proclamaron como Liberales y Conservadores, más atrás en la historia fueron los Bolivarianos y los Santanderistas, así podemos continuar... 

La división ha sido ese factor clave que nos ha llevado a formar el país que hoy muchos estamos pidiendo a gritos que se cambie, desde la patria boba hasta la actualidad, Colombia se ha enfrascado en múltiples conflictos internos ocasionando así un centralismo atroz, que fomenta un gobierno indiferente a la periferia del territorio y empecinado en aumentar la riqueza de los poderosos.

A pesar de todo esto, como patria hemos sido capaces de crear un relato de unión nacional (para unos pocos) que todos hemos tomado y propagado como insignia que muestra el orgullo de nacer en esta tierra. La bandera tricolor se levanta por lo más alto, el Himno Nacional se entona en un momento solemne, el cóndor de los Andes vuela inalcanzable. 

Pero son estos mismos símbolos los que no representan la nación que los aclama. Le pregunto estimado lector, ¿Puede entonar las once estrofas del Himno Nacional sin fallar? O por lo menos, ¿Qué dice la quinta estrofa? Estoy casi seguro que no puede responder estas preguntas.

Es por eso, que por lo menos el Himno Nacional es ese símbolo patrio que no representa el territorio, fue escrito por Rafael Nuñez, quien llegó a ser presidente del país en varias ocasiones. Con su iniciativa política llamada la “Regeneración”, guió la elaboración de la Constitución Nacional de 1886, un documento que promovió políticas de corte conservador, estableció el centralismo y proclamó la religión católica como único credo oficial.   

El himno, que hoy todos conocemos, se expuso por primera vez al mundo en 1850 cuando fue publicado como poema en el periódico “La Democracia”, en 1887 el italiano Oreste Síndici lo musicalizó, y no fue sino hasta 1920, que se declaró oficialmente como el Himno Nacional de la República de Colombia.

Así se instauró este poema clasista y poco entendible como la melodía que representa a toda persona que tuviera la enorme dicha de nacer en este pequeño pedazo del mundo llamado Colombia. Digo que es una melodía clasista y poco entendible ya que está cargada de tecnicismos y referencias que muy pocos pueden entender:

Por ejemplo, cuando en el coro dice: “¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal!”, no se entiende de manera simple lo que estas letras quieren significar, ¿Cuál es esa gloria de la que habla?, ¿Hace referencia a la gloria que genera la muerte?, ¿Hemos tenido alguna vez júbilo como nación? Además, los tecnicismos que encontramos no son fáciles de entender: “Inmarcesible”, “Bárbula”, “Abnegación”, “Pérfida”, son palabras que las personas del común de esa Colombia sin educación de 1850, no podían entender o interpretar, incluso en estos tiempos, es necesario buscar su significado porque son palabras desconocidas por muchos.

Para un país en el que la educación es un privilegio, no se puede declarar algo que no se entiende como representación de lo que somos. El Himno Nacional debe ser una melodía fácil de entender e interpretar, en donde todos sepamos su letra y nos sintamos identificados. No vale para nada tener un himno con profundos matices poéticos cuando las mayorías no lo entienden y ni siquiera se lo saben completo. Sin olvidar que no podemos entonar “Comprende las palabras del que murió en la cruz” en un país laico, para las personas que no somos creyentes, estas letras no nos identifican.

No hay que negar que este himno ha sido necesario para construirnos como nación, para crear un sentimiento patriótico que es necesario para fundamentar las bases del nacionalismo (primordial para sostener la república naciente), fue necesario para entendernos como iguales en el territorio de la eterna división. Pero reitero, fue hecho para unos pocos, hemos caído en una especie de clasismo intelectual en el que se proclama una melodía identitaria para todos pero que sólo los educados o muy interesados pueden llegar a entender. Además, no se logra representar toda la diversidad cultural que tiene la nación, somos muchos y muy distintos, no veo por lo menos la mención de nuestro origen indígena que es tan importante para identificarnos.

Con todo esto, dejo la invitación para que nos pensemos como nación y territorio. Tenemos que decidir si lo que proclamamos como símbolos patrios verdaderamente nos representan como país y si en verdad logran significar lo que es ser colombiano. Para querer la tierra que nos vio nacer es necesario identificarnos con lo que logra representarnos, no con lo que nos impusieron como representación. Yo siendo colombiano, tengo muy claro que no puedo entonar una gloria que nunca se ha tenido, no puedo proclamar un júbilo que es tan mortal como el asesinato del que es diferente, no puedo comprender las palabras del que nunca existió.

Construir un relato que nos una a todos como nación es esencial en tiempos de división, estamos en el momento histórico predilecto, resignifiquemos lo que es ser colombiano a partir de la realidad, con palabras y actos que todos entendamos. Pero sobre todo, lo más importante… ¡Que todos nos sintamos identificados!    

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