07/03/2022

Angel Lozada 


Los hechos ocurridos el 25 de enero de 2022 en la carretera entre Funza y Siberia fueron un reflejo perfecto de la decadencia anímica que como pueblos diversos pero convergentes entre la sana interacción o los desastres más allá de nuestros lugares de nacimiento se reúnen en este país bajo un factor común: un cansancio generalizado entre las condiciones del día a día y la tajante violencia capaz de arrasar cualquier grado de piedad y empatía por el otro; con más decepción, se politiza la muerte a dos bandos por aquellos que desean señalarse bajo discursos “verídicos” pero desgastados.


El accidente donde un conductor de camión de basuras arrolló a una mujer embarazada y a su hija, ambas pertenecientes a la comunidad Embera quienes permanecieron en el parque La Florida a las afueras de Bogotá, dio mucho de qué hablar entre la perspectiva periodística del uso del lenguaje de acuerdo a la posición que debían -querían- tomar; y por otro lado, la opinión pública según el medio que haya consumido y retroalimentado respecto al lenguaje o imágen vista según sea noticiero o escrito.


Desde un punto de vista generalizado, se podría retomar el debate clásico entre los “bárbaros salvajes de la selva y los civilizados trabajadores”, cosa que no acepto personalmente como argumento, pero si reconozco seguramente habría estado presente en varias conversaciones alrededor del país, por más breve y coloquial que sea ese discurso en un espacio, siempre dejará una marca en aquellos oyentes susceptibles a escuchar aquello como una realidad absoluta, cosa que me aterra.


Por ello, rechazo argumentos en contra de la comunidad Embera por el hecho de que sean indígenas, “inhumanos” o “salvajes”: si esto implica tomar partido en algún debate respecto a este tema, debe hacerse bajo una igualdad de seres humanos, porque de no ser así, se podría defender a todo aquel que atropelle a alguien de distinta piel o cultura porque seguramente sería un estorbo en la sociedad urbana.

 
Sin embargo, si se intenta rebuscar y cortar fino por un lado, hacia la parte contraria se haría hincapié contra el conductor solamente por el hecho de ejercer su trabajo (vinculando este hecho con la de accidentes a ciclistas por conductores de mulas debido a imprudencias e irrespeto a los espacios de tránsito entre estos).

 
Obviamente lo anterior no tiene relación, pero lo pongo a colación porque insisto, entre debates con la familia, vecinos o el tendero de la esquina, se puede visualizar el crecimiento de estereotipos de quien resultó víctima y se convirtió en victimario, ¿Qué sentido tiene esto? Sí los Embera no lo hubiesen asesinado, seguramente los medios y nosotros como audiencia estaríamos señalando al transportador como único responsable. Entonces ¿Quién es culpable?

 
Lléndonos al lado jurídico, las personas específicas que cometieron el asesinato deben de ser reconocidas como victimarios, de esto no cabe duda puesto que causaron la muerte a alguien que no pertenecía a la comunidad ni estaba regido bajo las leyes de esta. No obstante, se puede debatir fuertemente respecto al espacio donde ocurrió ya que por un lado se entiende únicamente el espacio autónomo indígena aquellos territorios “autorizados”; pero por el otro, se entiende como territorio donde ellos establezcan su comunidad y realicen sus diversas actividades, independientemente del territorio físico.


Por otro lado, se puede también ver el lado del conductor, no como un actor de victimario a víctima mortal, sino alguien afectado por las condiciones laborales a las que son sometidos la gran mayoría de conductores de carga pesada al recorrer por horas sin descanso en las diversas carreteras del país, incluyendo los túneles subterráneos y las condiciones de estas para su uso, recordemos el Túnel de La Línea…

 
La charla puede ir de lado a lado en intentar decidir quién es culpable, tanto en acción y representación. Lamentablemente, esta charla se ha venido opacando por dos aspectos: la politiquería inmunda capaz de desviar el punto de un debate; y la creciente falta de cobertura y presión mediática por no ser un “sujeto relevante”.

En primer lugar, durante varios días el conflicto volvió a presentarse entre el Distrito y los Ministerios de Defensa e Interior, ambos señalándose mutuamente de ser los culpables de la crisis humanitaria tanto de las comunidades indígenas en La Florida, como en el Parque Nacional en el centro de Bogotá, a tal punto que se retoma ya a una postura ideológica. Pero a pesar de esto, ambos son culpables directos de la situación actual, tanto de la no cobertura humanitaria en su condición de desplazados como de la seguridad en sus resguardos en Chocó y el Eje Cafetero por la negligencia de un Gobierno Nacional belicista.


Y segundo, esto es un reflejo ya común de lo que una cobertura mediática hace a una institución como la Fiscalía en acelerar o frenar procesos de investigación y procedimiento tanto de análisis de hechos como posteriores capturas ¿Quiénes estuvieron presentes en la carretera?, ¿Qué hicieron los policías de tránsito al momento del conflicto?, ¿Por qué no se hizo nada para detener el linchamiento?, ¿El vehículo estaba en óptimas condiciones?, etcétera.


Las semanas siguen transcurriendo y es evidente que el proceso de saber quiénes son los responsables se ha vuelto un papeleo anquilosado entre solicitudes y permisos, esto es habitual, no obstante es defraudante ver cómo estos hechos se les da cobertura masiva para propagar polémica y debate para luego quedar en el olvido en la opinión pública: mientras tanto aún se cubre hasta el hartazgo (con todo y proceso judicial contrarreloj) la muerte de un estilista y su madre a manos de su propio hermano por el hecho de ser reconocido en las altas esferas, eso sin tomar en cuenta los vínculos de dineros de esta familia con los Nule, cosa que ha pasado debajo de la mesa en gran medida.


Finalmente, no hay ejemplo más fidedigno sobre la moral que tenemos como sociedad que un escenario donde una muerte por accidente se paga con la vida, como país nos guardamos a la visión dual del bien y el mal, donde hay que asesinar aquello que nos haya afectado, pero ¿Qué más podemos hacer por nosotros mismos?, vivimos en una eterna distopía de la violencia donde no existe esa cosa llamada justicia, o algo más profundo que nos permitiría unirnos independientemente de nuestro origen: empatía nacida de la educación.


Todos perdemos, y sin embargo, reímos en cada parranda de fin de semana como si hubiésemos ganado mil guerras.

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