La bandera que ya no es tricolor


Mientras en Colombia las masacres son el diario de los medios de comunicación, y los derechos humanos son la fuente más vulnerable del deterioro gubernamental, los colombianos suplican diariamente por el derecho a la vida como si se tratara del beneficio más sagrado que le puede ofrecer un país tan incompetente. Sin contar con que la misma fuerza pública usa su poder para beneficio propio y se termina convirtiendo en el uso y desuso de armamentos que “al no ser letales”, acaban con la vida de lo que hoy 9 de septiembre  fue una víctima más.

Puesto que la respuesta siempre es la misma: “Vamos a estar en investigación constante” o “Ya se bajó del puesto al agente en cuestión” no es un secreto que el caso de Javier Ordoñez, inquieta no solo a los ciudadanos y profesionales que alzan su inconformismo que terminan siendo la brújula para que estos salgan a la luz, o acaso se ha puesto a pensar ¿cuántos de estos o más delitos, han estado en manos de la fuerza pública?

Para hacer tan solo un recorrido, el 12 de enero del presente año, Elias Miguel Madera, patrullero de la policía, viola a una ciudadana después de “colarse” en el transporte público y haber sido trasladada en un vehículo de la institución donde fue víctima de abuso y fuerza de poder.

Además, se remueve la memoria al pensar que el 28 de febrero de 1993, Sandra Catalina fue hallada muerta y con signos de violación en la estación de policía del barrio Germania en Bogotá, con tan solo 9 años . Son estos y más casos donde la vida vuelve a ser el hilo más fino de la paz que nunca llegó, y sin imaginar los múltiples casos que se generan en las tribus indígenas y campesinos donde las violaciones pertenecen al índice más alto.

Esto no es de hoy, ni tampoco algo que se haya presentado durante la última semana. Y sí, tal vez el pueblo responda de la manera más agresiva y violenta que pueda ejercer la reacción humana , pero quiero decirles algo: son más las víctimas que han muerto , son más aquellos jóvenes que no vuelven a su casa convirtiéndose en un número indeterminado, son más los que desaparecen y terminan con las botas puesta y un disparo en la cabeza. Sí colombiano, somos más los estudiantes que volvemos sin ojos de las protestas y con delirio de cambiar el país dejamos la vida en aquellas calles que recorrimos.

Son más de 50 colombianos los que han sido víctimas de las múltiples masacres entre el mes de Agosto y Septiembre, encontrándonos en cuarentena, la indignación se resume en quedarnos detrás de un televisor. No soy nadie para poder decirles que salgan a las calles, pero sí para que en medio de palabras usted logre entender, que aquellos jóvenes que han sido el blanco de la fuerza pública, o de grupos armados hoy podrían ser sus hijos, sus hermanos o tan solo su amigo. La respuesta no está en un papel que ha sido firmado por un presidente que con elocuencia, promete paz en un país donde la sangre se mezcla con los ríos.                                                             Pues está más que claro que pueblos, armamentos, ciudades y poblaciones son la ficha clave para que estos delitos tengan lugar y queden en la impunidad por su silencio, y que por ende el gobierno sea tan ineficiente en su labor, pues no sabe escuchar la voz de aquellos que se han convertido en un muerto más y que con aras de cambiar su país se transforman en un individuo con tonalidad roja y colorea de sangre la bandera que ya no es tricolor. 

                                                                                                                Por: Angelly Camacho

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