El problema de llamarnos Colombia


11/10/2021

Angel David Lozada

El nombre que llevamos por más de doscientos años (con ciertas interrupciones) no es propio del significado que se tiene de nuestra tierra, tampoco del sentimiento absoluto y colectivo de unificar la diversidad hasta entonces ignorada por la oligarquía. “Colombia”: tierra de Colón, pasó de ser un proyecto originado en la clase criolla para adoptar una república continental americana, a ser el nombre de un estado mucho más pequeño ubicado en el centro geoestratégico del continente. Sin embargo, conservar el nombre honorífico de un conquistador procedente de “otro mundo” está generando unos problemas de significación desde hace décadas, y aún hoy, se vincula su legado genocida con la eterna violencia que padece este país.

Bien se pudo ver en los distintos medios masivos de comunicación las diversas marchas en contra de la desigualdad y el racismo, ocasionado por la opresión policial en Estados Unidos; la quema de iglesias donde miles de niños indígenas fueron asesinados y sus cuerpos enterrados en fosas comunes en Canadá durante el esplendor del Imperio Británico y en décadas más actuales, finalmente, nos adentramos en las múltiples marchas en Colombia generadas por la infinidad de problemas sociales que aqueja al pueblo. Todas estas poseen un factor en común al momento de presentarse: la destrucción de monumentos a figuras coloniales.

No por nada, fueron difundidos cual pólvora ejemplos notables como el derribo a la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada en Bogotá en mayo del presente año, las de Sebastián de Belalcázar en abril del presente en Cali y en Popayán en septiembre de 2020. Sin embargo, en otras ciudades del país así como en otras alrededor del continente, las estatuas con mayor desprecio son las de Cristóbal Colón. Bien se puede dar mayor repercusión contra figuras más modernas como el derribo a la Reina Victoria e Isabel II de Inglaterra en Canadá, cabe recordar que país pese a ser independiente, permanece fiel a la Corona.

¿Por qué debería afectarnos derribar estatuas de conquistadores europeos si este territorio está libre de los españoles? Pero entonces ¿Por qué permanece cierta nostalgia tóxica hacia un pasado absolutista y sobre todo eclesiástico? Parece ser que la idea de una Colombia diversamente cultural y étnica solo quedó guardada en los libros empolvados de “historia universal”, junto a pulseras y sombreros que compran cuando van de turistas a los aclamados “rincones mágicos” sin pensar en la gente que vive allí.

De aquí parte el problema, pese a que la llegada del genovés fue hace más de quinientos años, las marcas que dejó en las comunidades silenciadas; aquellas que en esa visión histórica universal se les cataloga de “atrasadas” jamás olvidan, puesto que la negligencia del estado y la segregación se ha mantenido por siglos, cosa que lamentablemente hoy aún es costumbre. No importa sí es un virreinato o una república presidencialista, siguen marginados, explotados y masacrados.

El desprecio a Colón ya no es nuevo, otra cosa es la faceta actual, donde las distintas figuras consideradas intocables o peor aún, patrimoniales, son derribadas para reivindicar una historia olvidada; la de los derrotados. Ahora bien, a este paso… ¿Podríamos cambiar el nombre a nuestro país? Digo, si somos capaces de derribar una estatua de este sujeto que promovió la esclavitud y el tráfico de indígenas para los intereses tanto suyos como de los reyes y sus subordinados ¿por qué no revindicar el nombre nacional de “la tierra de Colón”?

El nombre de Colombia, de por sí refleja un complejo problema desde el abandono a las comunidades de las diversas regiones: sería interesante preguntar en una comunidad indígena si se sienten identificados con los demás ciudadanos por el hecho de llamarse colombianos; esto junto al de imaginar que este nombre nos ha llevado a un legado de sangre y violencia que jamás se ha detenido por poco más de doscientos años.

Ni siquiera retornando a la “Nueva Granada” nos rememora un imaginario positivo de independencia y sobre todo a la diversidad. Entonces, ¿puede ser posible que en un Estado Nación, la falta de identidad y la ausencia a un conocimiento amplio de nuestra propia historia, lleve a una espiral de intolerancia y derramamiento de sangre eterna?, y por otro lado, ¿resignificar a nuestras figuras históricas como lo fue Colón y Bolívar ayudará a entendernos no como un territorio de una sola identidad sino trascender a una nación de culturas? no me refiero a un consumo redituable de unas pulseras Wayúu o sombreros vueltiaos, esos dejémoslo en la puerta, sino de estar en la sala de un acuerdo de reconocimiento en igualdad y diversidad.




Bibliografía:



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