Por: William Lara


Camino arrinconado al borde de la carretera, me acerco a la curva más pronunciada de aquí: una curva que gira a la derecha.

La noche no tiene luna ni estrellas; a veces no se distingue entre el asfalto y el abismo. Término de girar y una tractomula a toda velocidad obliga a arrinconarse más contra el barranco. No puedo dar paso porque perdería el equilibrio, aún así, tropiezo y para evitar caer, me agarró de una zarza espinosa que crece allí. La bestia humeante se pierde entre las curvas. El silencio regresa otra vez. Mi mano sangra pero no detengo mi caminar. No dejo de avanzar.

Veo en medio de la carretera la figura recostada de un gato: está muerto. Me acerco para examinarlo mejor; es muy bonito, peludo, blanco y de ojos… no hay luz suficiente para distinguir el iris, pasa también con los míos. Lo levanto (está helado) y nuestra sangre se confunde. Entre lágrimas finalmente lo dejo a un lado del camino y continuó. Me arrimo al borde de la carretera. El encuentro con el gato me angustia: ¿qué lo mató?¿huiría de casa?¿alguien lo ama?¿alguien lo extraña?¿qué hacíamos en este camino?

Entre pregunta y lágrima, entre recuerdo y suspiro, me acerco a la curva más pronunciada de aquí: una curva que gira a la derecha.

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