Tirando del yugo en época de ayuno


Juan David Florez

20/08/2021


Jamás pretendí hacer parte de una historia en donde reinara la melancolía y el desasosiego; tampoco quería promover en mis seres queridos el más mínimo sentimiento de culpa bajo ninguna circunstancia, mucho menos provocarles la incertidumbre que ahora los acompaña. Pero bueno, como decía mi mamá: «Nunca digas “de esta agua no beberé”». 

¿Qué qué me pasó? Mira, es más sencillo de lo que te imaginas. 

Cuando era pequeño veía frecuentemente la televisión, me la pasaba pegado al mueble viendo caricaturas o en su defecto películas. Al caer la noche, mi familia llegaba exhausta de trabajar y yo los recibía con un cálido abrazo; mientras cenábamos veíamos las noticias, claro, en ese tiempo noticias de los medios de comunicación tradicionales, los mismos que hasta el día de hoy siguen tergiversando la información. Mis padres discutían las diversas situaciones que atravesaba el país mientras eran anunciadas en los titulares, bien fueran paros estudiantiles, agrarios o de camioneros. Yo no les prestaba mayor importancia; por lo que escuchaba en el televisor, simplemente eran tumultos de gente bloqueando las vías y agrediendo a la fuerza pública.

Existen una infinidad de cambios que se dieron desde aquellos días hasta la fecha, particularmente dentro de mi hogar: el hecho de informarse sobre cualquier tema más allá de lo que se pudiera ver en ese curioso electrodoméstico, el ser crítico, ver las dos caras de la moneda y, por supuesto, recordar cómo el país en que nací había escrito su historia. Por otra parte, yo ya era mayor de edad, bachiller y contaba con ese sentimiento de revolución arraigado al ser; pronto ingresaría a la mejor universidad pública que había en ese momento y pensaba en que, con ayuda del título, podría darle una mejor vida a quienes me dieron la mía. Sí, ya lo sé, la mejor idea casi irrealizable que se me podía ocurrir estando en un país como el mío.

Con el tiempo, como era de esperarse, el pueblo levantó su voz una vez más. La situación que se desarrollaba no era muy diferente a la de antes: hambre, desdicha, alza de impuestos, sequía, pobreza; ya sabes, lo usual. Un nuevo paro nacional estaba surgiendo gracias a muchas de las característic

Al cabo de unos días, podías que nos representan comúnmente. as ver grandes multitudes conformadas por profesores, estudiantes, empresarios, reporteros, vendedores informales, habitantes de calle y hasta religiosos; todos marchando al son de los tambores, las trompetas, vuvuzelas, silbatos, ollas y cuanto artefacto se te ocurriese para hacerte sentir en las calles. Gente gritando arengas que alguna vez nacieron bajo el techo de una universidad, bajo el ingenio de un grupo de amigos.

Todo muy bacano y muy bonito hasta que llegaban los policías a dispersarnos con agua, latas de gas lacrimógeno y balas… Sí, balas, ¿Qué más podría usar un policía para amedrentar y burlarse de aquellos que simplemente quieren apoyar una causa —para beneficiar el bolsillo y la estabilidad económica de otros, y demás motivos—?

Por su parte, había un grupo de personas que defendían a los demás bajo el nombre de “La primera línea”. No, no pienses que eran algún tipo de héroes sin capa o poderes, porque tampoco se le puede denominar así a un grupo de personas donde muchas veces existe la violencia de género y el machismo (dentro de muchas otras cosas desagradables). Sin embargo, no puede demeritarse la ayuda que muchos de ellos les dieron a personas que estuvieron en un mal momento —entre ellas, yo—.

Un día decidí salir de mi hogar e ir a marchar, sin importarme la instrucción de mi mamá: “¡Nadie sale de esta casa! Por más que apoyemos el paro, sigue siendo muy peligroso, no sabemos qué tan complicada sea la vuelta o simplemente la ida”. No le avisé a nadie, no revisé rutas alternas en caso de que siguieran las confrontaciones en la noche y mucho menos se me ocurrió pensar en el hecho de que nunca había estado en contacto con un gas de esos y probablemente no sabría cómo reaccionar si una lata de esas caía a mi lado.

Mientras iba caminando junto a un grupo de estudiantes y profesores, empezaron los bombazos y todo el mundo arrancó a correr. Entré en pánico y mientras veía a los demás gritarles a los policías, todo parecía ir en cámara lenta; unos tirando piedras, otros lanzando bombas incendiarias y cómo no, los de prensa al otro lado de la calle arriesgando sus vidas para poder plasmar en una cámara cómo eran realmente las cosas. En cuanto a mí, lastimosamente no me alcanzó la pericia ni la mente, un proyectil impactó en mi columna dejándome pasmado en el suelo.

Muchos pensamientos rondaban por mi cabeza: “qué imbécil fui”, “¿volveré a ver a mi familia?”, “¿qué me golpeó la espalda?”; pensamientos que, como ya intuirás, si los comparas con un trozo de basura, terminan valiendo lo mismo. Varias personas me llevaron como pudieron hasta la clínica más cercana. En la noche llegaron mis papás entre lágrimas después de que un desconocido les avisara por teléfono que su hijo estaba en cuidados intensivos gracias a un impacto de una lata en la espalda mientras estaba marchando.

Poco a poco fue mermando el sonido del monitor de mis signos vitales. Me hubiese gustado darle un último abrazo a mi mamá, una última muestra de cariño o al menos murmurarle una palabra. Créeme que no es bonito ser un fantasma en una habitación y ver cómo se les apagan los ojos de la tristeza a tus seres queridos, cómo se culpan infinitamente por tu imprudencia, cómo se quiebra la mirada de una persona que te vio nacer.

Cometí el peor de los errores que podía cometer, soy el causante de la profunda tristeza y culpa que jamás van a soltar de la mano a mi familia. Fui egoísta y descomunalmente necio. Perdona si se te hizo corta la anécdota, pero sinceramente no me interesa seguir recordando por hoy mi peor equivocación, para eso me queda toda una eternidad.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.