Sin milagros ni santos


12/09/2021

Valentina Muñoz



Son las 5:45 de la mañana, oigo cantar al gallo y como es costumbre hace demasiado frío. Mi abuela Rosa me prepara un tinto para irnos a ordeñar la vaca barcina y a traer leña para el fogón. Mientras ordeñamos, me percato que el cabello de mi abuela ya es del mismo color que la leche de la cantina. Termino de ordenar, cargo troncos a mi espalda y volvemos a casa. 

Hago esto todos los días ya que mis padres no pueden, están desaparecidos hace 5 años, creo que se los llevó la guerrilla, o bueno, al menos eso es lo que me han dicho. Me llamo José porque es el nombre de mi padre, vivo con mi hermanito Luis y mi abuela, el único familiar que nos queda.  

Una vez en casa, dejamos la cantina y los troncos, con Luis nos organizamos para ir a la escuela, alistamos nuestra mochila: tinto, arepa y los libros. Antes llevábamos un balón, solíamos jugar cerca de la escuela pero ya no se puede... Los terrenos están minados. En el pueblo dicen que es peligroso ir a estudiar, las paredes de mi escuela se encuentran en mal estado, han sido baleadas algunas veces porque los guerrillos nos quieren sacar de la vereda. Pero yo quiero ser médico y si no estudio, no lo voy a lograr. Luis en cambio, con sus 8 años dice: "yo quiero ser un soldado para matar a los malos", no lo juzgo; yo tampoco entiendo porqué nos han hecho tanto daño.

Algunas noches, nos vamos a un potrero a dormir debajo de un árbol, tememos que lleguen a matarnos. Escucho llorar a mi abuela, cree que no la oigo. Pero sé que es porque no tenemos para donde irnos, no hay dinero, vender quesos y huevos ya no es suficiente. Cada día, hay más temor.

La escuela queda ubicada en una montaña a dos horas de casa, temo dejar a mita Rosa sola. Pero no hay opción. De camino recogemos a María, nuestra amiga, su madre nos la encomienda. Todos los días, solemos correr por las trochas jugando a los policías y ladrones, pero a veces oímos disparos a lo lejos y nuestros juegos se convierten en huidas. Durante el receso de las clases, Luis juega con una cometa que hicieron en su clase de manualidades, quedó muy bien hecha y queremos ir a probarla en un parque cerca del pueblo... Creo que allí no hay peligro. Saliendo de la escuela, iremos.

Suena la última campanada, me despido de la profesora Nidia como siempre, no me percaté que esa sería la última vez que la vería. Muy contentos, llegamos al parque, sacamos la cometa de la mochila y jugamos un rato hasta que la cometa de Luis se queda enredada en una hojarasca un poco lejos de donde estábamos situados. Intentamos bajarla con rocas, pero es inútil. Pasan algunos instantes y oímos que hay alguien con nosotros, ya no éramos 3... Ni 4, ni 5.

Repentinamente, un disparo ensordecedor me deja desconcertado. Nos tiramos al suelo, oigo gritar a María pero no puedo mirar... Estoy boca abajo y si volteo me disparan, solo alcanzo a observar unas botas, un fusil y las lágrimas corriendo por el rostro de mi hermanito. En mi mente, solo está el abrazo y la despedida cotidiana de mi abuela: "Cuídense mijo, vaya con Dios, bendición", estoy en esta situación y no veo a Dios en ninguna parte. También recuerdo la despedida de la madre de María: "Cuidenme a la niña Chepe, no le busquen males al cuerpo, Dios los bendiga", otra vez Dios... Creo que esta vez se olvidó de nosotros.

Seguimos con Luis un rato tirados sin movernos por el miedo que tenemos, al ver que ya se habían ido, nos dimos cuenta que a María no está con nosotros, se la llevaron al igual que a la profesora Nidia ese mismo día. En la escuela dejaron un mensaje, ya no podemos volver. Ahora tenemos que irnos.

No hubo explicación, ni reparación... Solo silencio. Los que creí guerrillos, realmente eran soldados, hicieron de las suyas con María y muchas niñas de mi región. Por eso no nos reclutaron y nos dejaron ir, ni sus rostros o uniforme pudimos ver. Nadie hizo nada al respecto. Luis ya no quiere ser un soldado ni volvió a jugar con cometas.

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