Nada más sagrado


Por: Santiago Correa


Era la noche de un lluvioso jueves. Fue un día de mierda, sencillamente así estaba escrito. En tan solo 24 horas me dejó mi novia, me robaron al llegar a la universidad, llegué tarde al parcial final de mi materia preferida y se me perdió el dinero del almuerzo. Emprendí el regreso a mi hogar angustiado —con miedo de que pasara algo más—, lleno de trabajo y, por si fuera poco, con la sensación de haberlo perdido todo. Llegué a casa, toqué el timbre y salió mi madre, que me recibió con un beso, un abrazo y un “te amo”. “¿Qué tal tu día, hijo?” me preguntó con una sonrisa. “Ahora, mejor que nunca… te amo mamá” respondí entre lágrimas. Entonces se desvaneció, lo que era el recuerdo de mi madre resultó ser mi almohada.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.