La presea de los insípidos


Por: Juan David Florez


Muchos mencionan al satélite del mundo como el verdadero testigo de la noche,
El que viene sujetando de la mano a las estrellas, luceros y cuanta palabrería cursi se les ocurre.
A lo mejor y en otro tono lírico caben esas analogías, pero en el mío no.

No concibo el hecho de atribuirle nada que no sea la iluminación,
Ni tampoco emana en mi ser un centavo de afecto y pasión
Que me haga ser partícipe de esos juicios que, a mi parecer, carecen de valor.

Por otro lado, si de algo estoy orgulloso es de valorar en otros entes que me rodean
la importancia que cargan sobre sus intangibles hombros;
La culpa y la desdicha que nos reflejan
O la subida de oxitocina que genera ver una variable propia.

Es por eso que prefiero agasajar la gloria de un espejo.
La gracia con la que hace rebotar la inseguridad,
La nulidad que encuentra en las profundidades de cada uno
O tal vez el silencio con el que presencia nuestro cuerpo desnudo.

Nadie le miente a los espejos.
Nadie es capaz de contradecir lo que irradian
Porque dentro de la intimidad no se aparenta.

No existe la barricada más fuerte
O la mentira más elaborada;
Cada uno es igual de indefenso
Si se destapa el frasco del alma.

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