Por:  Karen Ibáñez 


Sentada en una de las sillas de madera que rodean la fuente, miraba aquellos niños, el sentir reflejado en mi rostro mostraba la sensación de rabia y tristeza producto de la imagen que apreciaba. Ellos jugando con el agua posada de la pila se divertían, algunos sin ropa, todos descalzos.

¿Tendrían hambre? ¿Habrían comido? No era de mi conocer. En la imagen entraron un par de mujeres que atravesando el rodear de la pila charlaban. Su conversación, desconocida por mi; simple espectadora,  se vio interrumpida por la sorpresa, pues los chiquillos sin ningún presagio, se acercaron señalando el objeto que llevaba en sus manos; una botella de gaseosa con un poco más de la mitad de su contenido, enseguida, como quien no lo cree y deduzco llevada por la inercia, la mujer la acercó hacia ellos.

-La reparten entre todos- les dijo. Los niños sin meditarlo tomaron la botella de sus manos, enseguida en un acto que no entiendo, pero tampoco juzgo, salieron corriendo entre risas.

El sonido de sus risotadas trajeron a mi cabeza el estado de infancia, que bueno o malo, nubla sus realidades, -no lo pienses- me dije -no caigas, no lo romantices-, ¿Pero acaso de qué sirve no hacerlo? Pues ante la impotencia, díganme ustedes queridos lectores ¿Qué otra salida queda, sino es buscar lo momentáneo?  

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