Fugacidad o delirio


14/09/2021

Johan Sebastián Quintero



Indecoroso se dispone una vez más, sus vestiduras un poco descuidadas no son impedimento para que los ánimos emerjan como la lluvia cuando es torrencial. Muy atento analiza cada facción de su cuerpo, hace una evaluación despiadada de cada detalle que no le gusta. Olvida los ánimos que esto le genera por lo común del acto. Piensa en enfrentar eso que tanto se le dificulta, a pesar de que sus sentires no estén dispuestos. Todo el momento termina cuando decae en unos aires de incapacidad a los que él mismo se condena.

Trata de ignorar todo lo ocurrido en esos breves instantes, pero no lo consigue, entonces siente la necesidad de salir a distraerse, su gusto por la noche lo invita a recorrerla, se dispone a salir no sin antes ponerse su característico chompo. Henry disfruta de los paseos nocturnos: la soledad de las calles, el silencio casi absoluto y una leve sensación de libertad lo motivan a hacerlo de manera seguida. No vive en la Abbey Road, salir tarde en Bosa conlleva enfrentarse a ciertos peligros, a él esto no le importa, no le teme a los riesgos mientras pueda encontrar esos pensamientos introspectivos que le son tan necesarios.

El contexto que se encuentra no es muy proclive para pensar: la noche desnuda una ciudad miserable. Desechos regados por las calles, figuras abstractas paradas en las esquinas escogiendo una nueva víctima, cantinas llenas de borrachos que se gastan lo que no tienen y personas escarbando las basuras es lo que se topa Henry en sus salidas. Le indigna ver gente buscando cosas para reciclar en la inmundicia de seres despreciables, por eso trata de ayudarles ofreciendo algún alimento de su bolsa que prepara con anterioridad.

Parecía ser una salida normal, caminaba perdido en sus cavilaciones, el frío mucho más intenso que de costumbre, mientras sigue su trayecto, ve a una persona tirada en la acera, está recostada contra la pared y por sus vestiduras no pareciera que rondara mucho la calle. Se acerca con leve timidez y curiosidad, al estar cerca nota que es una mujer, su rostro muestra cansancio pero también una belleza un poco inusual.

—Señor no me haga nada, déjeme tranquila en mi reposo— le dice sin voltear a mirar.
—No le pienso hacer daño ¿la puedo ayudar en algo?—  Henry le responde.

Al oír estas palabras, la mujer lo voltea a ver, deja entrever una esencia inusual que denota la belleza de su rostro, le dice:
—Llegué hoy a la ciudad, voy para una dirección que no he podido encontrar, he caminado todo el día y estoy muy cansada.
—Permítame ver la dirección —Henry recibe un papel que la mujer le pasa— Esto no es muy lejos de acá, ya casi está por llegar.

En ese instante Henry frena un taxi que va pasando, le indica la dirección al chofer y le paga la carrera, la mujer al notar que al fin podía llegar a su destino, le hace una sonrisa a Henry que en ese momento le parece bastante normal.
—Gracias por ayudarme, está haciendo mucho por usted— La mujer se sube al coche y se marcha hasta perderse en la oscuridad.

Henry no le presta atención a sus palabras y sigue caminando. Dos cuadras adelante, su mente es una avalancha de pensamientos. No logra comprender, no le sorprendió encontrar a una mujer —muy hermosa— tirada en el suelo y en un barrio peligroso, no indagó un poco acerca de ella, ni siquiera le preguntó el nombre. Al ver que no encontraba apaciguar su mente, decide volver a casa.

Una vez en sus aposentos, el ambiente es el mismo: llegan a su cabeza múltiples pensamientos que tratan de dilucidar a la mujer que acababa de ver. Fueron unos breves instantes que lo llenaron de preguntas sin respuesta alguna. Para calmar su mente, decide dormir, después de un rato dando vueltas en la cama, logra conciliar el sueño.  

Pasa una semana, sus dudas siguen sin resolverse. Nuevamente es sábado, día predilecto en el que Henry degusta un vino que aunque bastante barato, el sabor es muy bueno. Después de acabar la caja —el vino barato viene en caja, no en botella— le llega una especie de inspiración que le es muy carente. Esta vez con los ánimos dispuestos decide volver a enfrentarse a eso que no ha podido superar: sus miedos están dirigidos hacia la escritura. Su sueño es ser un gran escritor pero nunca ha podido superar la hoja en blanco, había intentado escribir durante muchas noches, nunca lo consiguió.    

—¿Cómo es posible que si algo me atrae, también pueda mortificarme?— Se pregunta en el preludio del nuevo intento.

Esta vez es todo distinto. Las preguntas ahora convertidas en inspiración, le ayudan a Henry por primera vez a escribir un relato de su autoría. La belleza inusual de la mujer, su misteriosidad y esa sonrisa que empieza a tomar cada vez más relevancia, son los pilares en los que Henry puede dar un paso para hacer eso que nunca había podido. No es solo uno, múltiples son los escritos dedicados a esa fugaz silueta femenina.  

El paso de la mujer por la vida de Henry fue efímero pero solo en cuestión temporal. Su figura sirvió de inspiración para la superación. La poca interacción que tuvieron, sirvió para generar dubitaciones que acabaron como letras de un relato innato. La despedida fue inexistente, simplemente la distancia hizo presencia sin mediación alguna. Su sonrisa quedó como un leve recuerdo que aparece en los restos de un pasado borroso.

Una vez Henry acaba de escribir siente mucha satisfacción, esos aires de superación son la generación de una alegría desconocida para él. Poder decir “este escrito es de mi autoría” le da mucha esperanza para continuar con sus ilusiones. Por sí mismo no fue capaz, pero ese breve encuentro era todo lo que necesitaba. Él es consciente, sus relatos no son notables, no nació siendo un prodigio de la escritura, le falta mucho para ser bueno, solo necesitaba iniciar ese camino que piensa transitar y luchar con mucha decisión.

Llega la noche y siente la necesidad de salir, quiere recorrer las calles con ese sentimiento escaso para él. Se pone su chompo distintivo y sale de su casa. Piensa en hacer el mismo recorrido de aquella noche, tiene la ligera ilusión de volverse a encontrar con la mujer en la misma calle. Mientras camina, llega al sitio en donde fue el encuentro, la luminosidad de los postes le sorprende, alumbran de buena manera todo el espacio.

Se detiene en el lugar, trata de adivinar el sitio en el que la mujer se encontraba. Agacha la mirada y logra captar que la calle no tiene asfalto, esto le llama la atención, no lo había notado. Levanta la cabeza, ve a lo lejos y cae en cuenta que la calle está cerrada, no hay salida para coches en aquel lugar, es imposible que un taxi estuviera rondando en esas condiciones. Sorprendido voltea a mirar para todos lados, la soledad y el silencio muy presentes fueron testigos de la comprobación de Henry: ningún automóvil puede transitar aquel sitio.

Como acto instintivo de la desesperación que le está surgiendo, mete las manos en los bolsillos de su chompo, encuentra el papel que la mujer le entregó aquella vez, esto le da calma. Piensa en ir al otro día a aquella dirección y preguntar por la mujer, sabe que va a ser muy difícil encontrarla pero solo con el hecho de ir al lugar, para él es comprobante de que el momento había sucedido.

Al otro día se levanta en la mañana con un poco de temor e ilusión, se mira al espejo y se dice que lo del taxi es pura casualidad, que tuvo ese encuentro con la mujer y no pudo haber inventado nada. Se pone sus mejores vestiduras y arranca al sitio que le indica la dirección, al llegar siente un miedo que nunca jamás había experimentado: este es un sitio baldío, no hay casas o edificios, es solo un potrero en el que no hay nada cerca. Revisa en su celular la dirección y no está mal, había llegado al lugar que el papel indica.

El temor se apodera de Henry. En ese momento le llegan como recuerdo las palabras que la mujer le había dicho al despedirse: “Gracias por ayudarme, está haciendo mucho por usted”. Mira al cielo desconcertado, no puede creer lo que pasa, se repite muchas veces “Está haciendo mucho por usted” tratando de encontrar respuesta.

—¿Estoy haciendo mucho por mí? ¿Será que me estoy ayudando a escribir?— Se pregunta Henry como única respuesta lógica que encuentra.

El papel que Henry tiene en las manos significa una de dos cuestiones: Es la comprobación de un momento real en el que sí estuvo con la mujer por fugaces instantes, sus palabras, su sonrisa y el taxi fueron reales o es la confirmación de un delirio necesario que lo impulsó a superar su temor, todo el momento sería un invención suya en el que la mujer y el taxi nunca existieron... Henry nunca pudo responder esto, a pesar de que tiene la claridad que la letra consignada en ese papel es muy parecida a la suya. 

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