Frustración


Vanessa Montiel

27/07/2021

Doce horas seguidas. Giros en la cama, las cobijas enrolladas como una anaconda sobre el cuerpo de su rosada víctima, las sábanas desteñidas después de años de uso y horas interminables de piruetas nocturnas. Al compás de los sueños la vida se detiene, o se desvanece, o renace, ya no se sabe. Gente que has visto pero que no te importa, caras relevantes que admiras pero no te determinan, las ilusiones se centrifugan como calcetines sucios en la lavadora, y se mezclan con las expresiones invisibles de los visitantes de la media luna. Creas una historia digna de un nobel, una lírica que se desaparece a la tarde siguiente, cuando tus pupilas se deslumbran por la luz de un medio día prometedor para quienes aprovecharon los rayos de la mañana, y angustiante para quien vio su día ya desperdiciado aún estando con su estómago vacío. Es posible que doce horas fueran mucho, o quizá muy poco para revivir la historia artística que solo nace de los revolcones inconscientes de quien no se emociona por su mañana.

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