El sentido del naufragio


Santiago Andrés Correa

18/07/2021



Soy un naufrago empedernido. Desde que dejé la ciudad, me dedico a viajar por planetas, islas y distintos territorios, montado en mi barca singular (preparada para cualquier ocasión) y sin ningún objetivo en especial. Solía tener una forma distinta de disfrutar la vida, ahora la disfruto con el golpeo de las olas en mi barca, o con el resplandor de las estrellas. En principio, no podía vivir sin la rutina; ahora, no puedo vivir sin la deriva.

Hace poco, mi naufragio se vio interrumpido por un territorio intrigante: Un suelo. Les aseguro que no hay más descripción que pueda hacer, e incluso, estoy tan sorprendido como ustedes: En todos mis años de naufragio nunca me topé con algo tan insignificante. Apagué mi barca y pisé con fuerza. Trataba de ver más allá de lo poco que me ofrecía este nuevo hallazgo, después de todo, no era posible que algo fuera tan sumamente simple, tan sutil.

Irónicamente, aquel suelo inhóspito me invitaba a recorrerlo.

―Pero si no tienes nada, ¿A qué quieres que vaya? ― Me preguntaba.

No, el suelo no hablaba, y, aún así, me esperaba con ansias. Decidí, con curiosidad, y sin más remedio, adentrarme en ese desierto sin arena.
Recuerdo caminar aproximadamente una hora. No tengo idea cuántos kilómetros o cuántos pasos había dado, solo sé que nada cambiaba: Mismo suelo, solo que cada vez se extendía por todos los horizontes. Entonces, vi algo minúsculo, en lo que parecía ser el centro del terreno. Me acerqué con entusiasmo, ya que era el primer destello que brillaba en aquel lugar. Un rectángulo, en lo que parecía ser una especie de celular, pero sin nada adentro, algo muy similar a un marco. “Bueno, poco podía esperar” pensé. Tomé aquel marco y de repente se encendió; se iluminó una pantalla dentro de ese cuadro vacío. Había una opción: Momentos.

Estaba confundido. Una sola palabra, sin indicaciones, sin instrucciones, sin inducción. Opté por oprimir lo que me mostraba aquel seductor marco y, de repente, se desplegó ante mí un montón de opciones con lugares cotidianos, sin ninguna descripción. Me llamó la atención, por mi recuerdo efímero del amor al fútbol, la opción: “Estadio”. Oprimí de nuevo y, como por arte de magia, se creó una escena que me llenó de nostalgia: Un estadio de fútbol completamente lleno, celebrando un gol, con gente desconocida abrazándose, coreando el nombre del equipo y con una sonrisa.

La animación duró aproximadamente 30 segundos y el marco misterioso volvió a mí. Sentir por algunos instantes lo que en algún momento viví y llegue a ver en tantos de mis viajes me hizo soltar una que otra lágrima. Entonces, ese peculiar marco, que en principio consideré inútil, me llevó a través de sentimientos nunca antes sentidos con lugares de siempre. La opción “Café” me mostraba un trío de amigos charlando en una cafetería mientras hablaban de su risa y reían de uno que otro chiste; la opción “viaje” me mostraba a un par de hermanos recordando su vida mientras viajaban en bus por el barrio de su infancia; en la opción “libro” me mostraba a un joven sorprendido ante los acontecimientos de un mundito hecho letras. El marco me mostraba un sin fin de momentos que, sin ser yo el protagonista, me llenaron de nostalgia y una mezcla inusual entre tristeza y alegría.

De repente, desviando la vista de la pantalla, vi a un hombre a mi lado. “¿Y este de dónde salió?” pensé asustado. Puede que fuera un viajero que, al igual que yo, se había aventurado en las maravillas de un sedimento vacío; o era alguna clase de espejismo creado por tanto tiempo (minutos, horas, quizás días) viendo mi nuevo juguete. Me acerqué a él, descuidando el marco por un momento.

Era un chico joven con pelo castaño, ojos verdes, flaco y alto. Miraba fijo hacia la nada, con una sutil sonrisa en los labios sin dejar salir su dentadura. Más allá de lo perturbadora de la escena, el miedo no se atravesó por un instante en mi mente, ya que las preguntas brotaban como las hojas caen en otoño. De tanto que había por saber, solo acaté a preguntar:

―Disculpa ¿Qué clase de lugar es este?

El joven desvió su mirada hacia mí, sonrió de manera alegre, y solo dijo una palabra

―Simple…

Desapareció, de golpe y sin previo aviso. No sabía qué era peor: El susto que me pegó aquel joven o la confusión que me había dejado con el único sonido que salió de su boca. ¿Qué me quería decir? ¿Era alguna clase de acertijo? ¿Acaso este mundo era una especie de Batman de bajo presupuesto, siendo yo Bruce Wayne y, este joven misterioso, Edward Nygma? Ninguna pregunta fue respondida, un par más de cuestionamientos se unieron a la fiesta.

De repente, el marco empezó a parpadear, invitándome a volver a sus rieles. Cuando lo tomé de nuevo, estaba de nuevo la palabra “momentos”. Sin embargo, esta vez, había una nueva palabra: “Tú”. ¿Acaso esta cosa me conoce? ¿Qué puede saber de mí? Sudaba y miraba con miedo la pantalla. Sabía que debía oprimir lo que bien podría ser mi destino, pero tenía miedo de lo que me mostrara aquel desconocido aparato.

Entonces, lo oprimí… y las lágrimas brotaron.

Mi alegría se desbordaba, mi conmoción era increíble. ¿Qué salió del marco? Todos los momentos que había vivido durante mis viajes: Las risas con aquella isla llena de bárbaros nórdicos, los juegos con los gatos de la peculiar comunidad Katze, los bailes con un pueblo en lo más recóndito de la oceanía, la última vez que vi a mis padres. El artefacto se empeñó en hacerme vibrar con cada instante y, por último, mostró mi figura en el mar y en el espacio al lado de mi barca, viajando hacia lo inesperado, con una sonrisa en el rostro, atravesando el miedo como un surfista atraviesa las olas.

Entonces me di cuenta. El joven solo pronunció una palabra, porque en realidad no había nada más que decir. ¡Qué bello es lo simple y cómo lo subestimamos! De lo simple siempre había creado los mejores recuerdos de mis viajes, y miré por encima del hombro al territorio que era el reflejo de mi algarabía. De una simple risa contraigo una gran alegría, de una simple lágrima me seduce la tristeza, de un simple baile me contagia el ritmo, y, de un simple suelo, se me aceleran los latidos.

Soy un naufrago empedernido. Desde que dejé la ciudad, me dedico a viajar por planetas, islas y distintos territorios, montado en mi barca singular (preparada para cualquier ocasión), ¿Quién diría que de un lugar tan vacío saldría tan lleno de agradecimiento? La belleza siempre está en lo más simple, porque la simpleza es lo que extrañamos cuando todo está en nuestras manos.

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