William Javier Lara Arevalo


El animal está echado al lado de la parada del SITP, estirado con las patas al borde de la sucia y gastada franja amarilla pintada al borde del andén.
El cucho llegó a la esquina de al lado, se para al borde del andén y mira únicamente al perro. El chandoso sin ver al cucho se levanta y voltea el hocico: mira fijamente al viejo.

Apoya el bastón, casi tan alto como él, en el pavimento, pero una moto de exosto bulloso interrumpe, estorbando la vista del gozque y el anciano; ninguno se inmuta y continúan con la firmeza en el cuerpo y la mirada.

Llega el cucho al perro. El chandoso y el viejo se miran. Para inclinar la cadera, el anciano se acomoda la cachucha que le regaló la Alcaldía menor de Bosa. El gozque por fin cede y empieza a agitar la cola al ritmo que lleva en la mano la señora que vende arepas con chorizo.

El cucho pasa la mano por el espinazo del perro con la devoción a un ángel, con la ternura de un cómplice. El chandoso agita la cola en todo su largo, de izquierda a derecha y el viejo mueve la mano en toda su amplitud, de adelante hacia atrás. El anciano sonríe reposado y el gozque mira sosegado. Permanecen un rato así, en aquel ritual de todos los domingos.

El cucho hoy intenta bajar más, pero la cadera no le da pa’. El perro entiende y levanta la cabeza hasta encontrar el abdomen. El viejo y el chandoso se abrazan largo tiempo, tanto que ofrecen más que cariño, más que amor, más que dolor. Abrazo extenso, que sobrepasaría el misterioso pudor que encierra a los transeúntes comunes.  

El anciano se despide agarrando una manotada de concentrado que tira al lado de la señal del SITP. El gozque se sienta a un lado de su porción y da la despedida. Allí se aleja el cucho de sudadera azul regalada por el Distrito, tenis blancos, gorra roja y bastón largo. Acá se queda el perro de pelo negro por la melanina y por la polución, de ojos miel, pecho blanco y nariz marrón.  

Esta noche el chandoso no late. Otras noches los ladridos de este han ameritado baldados de agua para que deje dormir al barrio. Pero hoy, calla. En la madrugada el gozque chilla, primero suave y en periodos cortos, luego aullidos constantes y sonoros. Sonidos que vacían el pecho de quien los escuche; penetran las tripas de quien los oiga. La banda sonora esta madrugada son los alaridos tristes de un perro.
Animal de ojos melancólicos, de costillas pronunciadas, de paso desconectado ¿me puedes prestar tu cariño? Quédate cerca, acompáñame ¿no?. Chandoso: busca entonces una nueva parada del SITP.

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