El joven inmigrante en la senda epifánica


6/07/2021

Valentina Mora Sinning


Aquel joven, que esconde cualquier atisbo de su verdadera identidad y raigambre, pasea errabundo y temeroso por la lluviosa ciudad de Nueva York. En sus hombros reposa una mochila gastada, viste ropa oscura y una gorra que cree oculta gran parte de su rostro, ese que alberga un color de tez moreno, grandes ojos negros y una que otra cicatriz ya sanada por el tiempo. Ensimismado, rememora todo lo que ha dejado atrás en su viejo país atravesado por la línea ecuatorial; no sabe hasta qué punto el "sueño americano" fue solo una ilusión propagandística.

Años atrás él fue un joven sonriente, anhelante de descubrir lo que había más allá del enorme patio de su "tita" –lleno de legumbres y animales que amaba como sus mejores amigos–, donde solía correr y jugar hasta el cansancio, solo para después echarse en el pasto a comer los postres de fruta que ella le preparaba. Su vida era tranquila, disfrutaba con su abuela, iba a la escuela y pronto, si lograban aumentar las ventas de lo cultivado, podría ir a la ciudad a visitar el teatro, aquel que en la televisión se veía radiante y al cual en un futuro podría ingresar no solo como espectador. Sin embargo, su felicidad se vio truncada cuando alcanzaba el tope y la maldad que parecía tan lejana se presentó en aquel lugar en forma de hombres armados.

Ahora cuán distante parecía lo sucedido, allí, entre los altos rascacielos y el bullicio neoyorkino cotidiano, ese que ahora acompaña su caminar y  le permite pasar desapercibido, pasearse como una sombra; pues llegar a ese lugar, a través de trochas peligrosas y balsas facilitadas por “coyotes”, no había sido una experiencia grata y ahora, aunque habían pasado algunos años, no podía bajar la guardia, su etiqueta siempre sería la de “inmigrante”.  

Entre más calles cruza, su ánimo decae. La voz interior que retumba incluso en las partes más ínfimas de su ser, con súplica, exige ser escuchada; entre gimoteos le recuerda la violenta muerte de su abuela, el arrebatamiento de sus tierras y de sus mejores amigos, lo que vivió tratando de huír de su país y lo quimérico que resulta su sueño de escribir obras de Broadway. Bajo sus brazos empieza la sudoración, todo su cuerpo se estremece ante el sonido retumbando en su mente y la implícita invitación a darle fin. Sigue hacia delante, con pasos lentos que contrastan con el ritmo turbulento de su corazón, y hace caso omiso a los carros que pasan velozmente a su lado, a los cuales hace una súplica silenciosa. Atraviesa un callejón que parece estar inhabitado y una vez allí se detiene en seco, pues cree escuchar sirenas a lo lejos, cada vez con mayor fuerza, su instinto le dice que corra, no debería estar allí. Sin embargo, sus extremidades inferiores no reaccionan, se pregunta si ellas serán las culpables de su futura sentencia y si la misma será peor que la vida que lleva.

Las gotas caen de su frente y sus pestañas abanican con frenesí, entretanto, rememora noches en vela escribiendo lo que considera es su magnum opus, puede sentir el peso de esas páginas en su espalda, “nada más importa” se repite una y otra vez. Sin percatarse, el ruido se disipa y el viento parece detenerse casi expectante de algo, de alguien. Sus pies empiezan a moverse como si flotaran y todo en su cuerpo, como una sinergia, se dirige hacia un edificio –a simple vista inhóspito– cercano al callejón. Ni sirenas, ni exclamaciones, solo un canto proveniente de dicho lugar, al que entra con sigilo, con su corazón entrando en calma.  

No ve nada desde el umbral, pues el recinto está en penumbra, así que decide guiarse por la melodía, aquella que lo atrae suavemente. Cuanto más se acerca puede ver de qué se trata, un escenario improvisado y unas cuantas personas en el suelo, mirando embelesadas el acto en cuestión; ocupa un espacio entre ellos y se concentra en el monólogo que allí lleva a cabo un joven, con tanta fuerza y pasión que las lágrimas caen por su rostro mientras recita líneas aparentemente propias al compás de un piano. Se pregunta por el concepto de hogar y cree haber encontrado el suyo, no necesita más tiempo para saberlo. Su faz finalmente se transforma, la angustia deja sus ojos para dar paso a las arrugas que hace tanto no decoraban el rededor de los mismos, todo aquello que lo atormenta de repente es acallado por una oleada de sosiego y demás sentires, tan únicos que trascienden el diccionario de emociones al cual recurre tan seguido cuando sus yemas tocan las teclas de una máquina de escribir.

En un instante, todo a su alrededor es un susurro. Transita su ser, se da cuenta. Dentro de sí logra emanciparse de la desdicha, del odio ajeno, el propio; se abraza, entiende que allí nadie vendrá a buscarlo, pues no hay cabida para dicotomías del tipo “bueno” o “malo”, “legal” o “indocumentado”. Danzan en su interior palabras de consuelo, reminiscencias, olores florales y repara en lo mágico del momento, etéreo, en cómo lo plasmará en papel.

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