William Javier Lara Arevalo


Como el día estaba soleado, cosa que no pasaba en mucho tiempo, planeé ir a relajarme y leer un poco en el río. Sin decir a nadie de mi plan decidí cambiarme de vestimenta, buscar un costal de lona para sentarme en la orilla y llevar algunos poemas para leer. Mi sobrino, un niño pequeño, hiperactivo y deseoso por salir de aquella casa monótona, la cual ya no le ofrecía nada de aventura, se percató de mis preparativos para partir y se antojo de la aventura, pero a la mínima intención del niño por querer acompañarme, fue inmediatamente negada por su madre. A mi hermana mayor le preocupaba que fuera devorado… por los mosquitos, que por mera experiencia uno esperaría en el río. Su negativa iba fundamentada por la existencia de estos bichos en la casa, los cuales hicieron festín de las desnudas piernas de todos allí. Aceptando con molestia la decisión de su madre, en una acto de redención, me pidió que tomara fotos de mi camino y de toda aquella cosa curiosa que yo viera en mi viaje, acepte esa petición como si de una misión muy importante se tratara, todo para no desilusionar al sobrino que tantas fechorías mías ha guardado con fiel fraternidad. 

Empecé mi camino no sin antes escuchar una y otra vez, por parte de mi padre, que los mosquitos harían de mi cuero un banquete y drenarían hasta lo último de mi ser, cosa a la que no di importancia; porque una vez escuché de un amigo que el consumo continuo de cigarrillos y trago barato hacía de repelente. Su teoría del porqué de esto era que: la sangre se contamina al punto de no gustar a estos insectos. Su afirmación se sustenta en un viaje que él realizó a un pueblo del Tolima, donde notó como los mosquitos se rehusaban a tomar su sangre, lo que lo llevó a pensar una razón para esto. Respuesta que fue concedida luego de observar cómo dicho fenómeno le ocurría también a un hombre de la zona, el cual diariamente fumaba más de una cajetilla de cigarrillos. Así, con ese testimonio que anuló la preocupación de esas molestas picadura, tome el camino que me llevaría hasta el río.

Caminaba esa carretera llena de tierra y calurosa por los rayos del sol, con cierta precaución hacia los carros y motos que por allí transitan: pues sus conductores, convencidos de la soledad de este, andan con temeraria velocidad. Quizá se sienten liberados por un momento de las normas de tránsito de las ciudades y zonas urbanas. Allí, en esa carretera nadie los multaría ni juzgaría por su infantil momento de libertad. Por eso, yo andaba con los oídos bien destapados a cualquier sonido de motor que se aproximará, de esta forma yo tenía tiempo suficiente de refugiarme en la orilla de la carretera. Luego de resguardarme, de uno de estos vehículos, quedé al lado derecho de esta y al bajar la polvadera dejada por dicho carro, vi en el barranco paralelo a mi posición una figura pequeña, negra y con un movimiento repentino. Era claro, una lagartija. El recuerdo ideal para mi sobrino, si lograba atraparla y tomarle las más simpáticas y ocurrentes fotos, daría por realizado el deseo de mi tierno cómplice.

Me acerqué con sigilo a la pared donde reposaba el reptil, articule mis rodillas en posición tal que reduje el tamaño de mi cuerpo, y que a la vez, me permitiría abalanzarme de súbito hacia la lagartija. Posicionado y esperando el momento preciso, todo como si estuviera acechando una presa, estaba yo, en cuclillas mirando fijamente una pared. La lagartija notó mi presencia y saltó cayendo en la canaleta llena de pequeños barrancos y hojas secas. Esto no me desmotivó, el objetivo se mantenía, así que observe con cuidado el lugar donde había caído, la encontré y preparado para atraparla un carro se acerco y yo aborté la misión.

 La vergüenza impidió mi hazaña, debía ser patético ver a un hombre joven y de mis características, agachado revolcando las manos en la orilla de una carretera. Esperé que el carro pasara y volví a mi misión. Localizada de nuevo me abalance y logré tomarla por la cola, no obstante sus movimientos aleatorios de reptante la libraron de mi. Pero mis ojos no habían fallado en su tarea y bien vieron el lugar donde cayó el animal. De nuevo me abalance hacia esta, pero el acercamiento de otro vehículo me interrumpió justo cuando me agachaba y estiraba mis brazos. Me reincorpore rápidamente en una pose que disimulara mi ridícula misión; mientras el carro pasaba  pensé que lo mejor era solo tomar la foto de la lagartija sin atraparla, cosa que le quitara un gran valor agregado al regalo de mi sobrino, pero era mejor que nada. Saqué el celular y puse el lente en el lugar donde estaba la lagartija, pero esta ya se había escapado. En un acto de apresurado desespero, rebusque entre las hojas secas y los barrancos, ensuciando mis manos y ropas, todo por hallar a la huidiza lagartija. Los carros pasaban, pero ya no detenía mi búsqueda, la vergüenza social me era insignificante para la misión.

Al rato, uno de los barrancos se deshizo en mi manos liberando un insecto. El insecto que apareció tenía el aspecto de un pequeño escarabajo, grande como una moneda de $100, un color rojo vibrante y una minúscula cabecita negra con antenas. A pesar de lo curioso de este animalito, no lo consideré suficientemente insólito, a comparación de la extraviada lagartija. Ignorando el escarabajo, seguí buscando a la condenada lagartija, no podía permitirme perder esa oportunidad. Por más que revolví y revolqué la basura que se acumula en las canaletas no encontré al reptil. Antes de abandonar mi misión, sentí en mi mano derecha un dolor parecido al de una inyección, seguido de un choque eléctrico que pulsó con intensidad todos los nervios de mi cuerpo. Mi reacción inmediata fue la de ver mi mano y el lugar de donde provino ese dolor. Encontré, justo debajo del meñique, al escarabajo de antes, estaba prendido con vehemencia a mi mano y no se soltaba por más que la agitara. Resolvi tomarlo con la otra mano y arrancarlo de mi piel, para mi sorpresa no produjo dolor, lo solté con demasiada facilidad. Arroje al bicho con rabia, desquitándome, a la vez, por mi fracaso anterior.

Proseguí con mi camino, ya vería a que le tomaría fotos para mi sobrino. Llegué al puente por donde la carretera pretende seguir y sobrepasar al río. Trepe el muro del puente y desde ese lugar tome una foto, de tal manera que enfocó mis pies y de fondo se veía el pasar del río. Terminadas las tomas mire por un rato el río, aún subido en dicho muro, y pensé en lo plácido que sería sentir la corriente: como esta acariciaría mi cuerpo, refrescaría la dermis y tranquilizaría mis emociones. Pero un sentimiento oculto en mi interior tomó fuerza y se tornó en un impulso temerario: me incitaba a saltar al agua. Salté, pero hacia atrás, aterrizando a salvo en el puente, extrañado por ese repentino impulso.

Cruce por entre unos alambres de púas y baje hacia la orilla del río. Revelándose un paisaje lleno de pastos verdes, troncos y rocas invadidas por musgo verde, árboles repletos de verdes hojas. El paisaje era verde, muy verde; quizá por el brillante sol este color resaltaba, pero un paisaje tan verde como ese nunca lo había visto. Caminé por la orilla buscando el lugar predilecto para echarme y poder leer. En la valla de alambre de púas que encierra al río, estaba colgada una zarigüeya. Es una mala costumbre de los habitantes de ese lugar matar a estos animalitos, y para pisotear la dignidad de estos, cuelgan sus cuerpos en ramas o alambres. Depravado ritual hacia un animalito que ningún mal hace. Encontré un tronco seco que hizo de silla y empecé mi lectura. Como ya había premeditado antes, los mosquitos no picaban. Feliz me hacía sentir que había acertado y que mi padre no tendría derecho a pronunciar las molestas frases de triunfo y satisfacción por tener la razón. -Qué bien se siente acertar, qué bien se siente estar seguro de que las decisiones propias dan en el clavo y posibilitan el camino que uno elige libremente, satisfacción y reposo-. Los mosquitos no me molestaban, pero si el calor hostigante de ese día. Las ganas por entrar en el río y ser refrescado por sus aguas incrementaron, pero no iría sin antes terminar unos 2 o 3 poemas más. Del otro lado del río vi y escuche un grupo de personas que bajan la colina hacia este. Más tarde, cruzaron el puente y al rato pasaron a mi lado. Era una familia bien nutrida de integrantes; el padre, la madre, la abuela, dos niños, una adolecente y dos perros: pequeños, flacos, cafés y, la verdad, muy feos. Saludé con un buenos días a cada integrante de la familia. Buenos días, seguido de otros buenos días, buenos días, buenos días. Una situación algo ridícula, pero, por como son las normas sociales se tiene que realizar para no ser tachado de grosero. Además yo comencé con la cordialidad, ya que, note como los mayores me veían con cierta expresión de extrañeza y, ciertamente, aversión. Así, comenzando con el saludo, persuadí sus prejuicios e hice menos incómoda la situación.  Después del paso de la familia y su posterior alejamiento por entre los árboles y demás plantas, uno de los perros regresó con repentina rabia ladrando hacia donde yo leía. Lo mire fijamente, como para enfrentar a la fiera, y este siguió con sus chillidos que pretendían un ladrido. Resolví usar la inteligencia del ser humano y pasé la mano por el suelo, seguidamente levanté el brazo e hice un movimiento brusco de atrás hacia adelante. El perro corrió hacia sus amos. La piedra que lo asustó nunca existió.

Terminada la lectura me desvestí quedando solo en una pantaloneta roja. Antes de entrar al agua, vi un nido de avispas en uno de los troncos de la vaya, me asuste porque al lado había colgado mi sombrero y esto pudo molestarlas, lo que podría terminar en otra picadura de insecto ese día.

Entré al río que estaba helado. Yo pensaba que estaría algo tibio por el sol de ese día. Antes de ponerme a explorar, ate mi cabello con una cola de caballo, para estar más cómodo y tener la vista libre. Al paso de un rato no camine más, porque el fondo del río está compuesto por piedras y caminar era algo doloroso, además resbalar está presente en cada pisada. Me acerqué a la orilla por la que entré y decidí jugar a sapitos. Metía mi mano en el agua y meticulosamente seleccionaba las piedras más planas y lisas. Casi no había por lo que tuve que moverme al centro del río para encontrar más. Encontrada la piedra predilecta  me posicionaba para hacer el lanzamiento. Después de algunos intentos, descubrí que era realmente bueno para ello: las piedras saltaban siete veces, algunas de ellas hasta sobrepasaban los diez saltos. Con esta nueva habilidad recién descubierta, podría fanfarronear con mi sobrino y amigos. En una nueva búsqueda por el proyectil, me pare de modo que la corriente fluía por entre mis piernas y esta seguía su curso por delante de mis ojos. Agachado y con los brazos sumergidos en la corriente, palpe una prometedora piedra, pero al tratar de agarrarla no pude, mi mano derecha no respondía. Sin dejar de estar agachado, saque las manos del agua y examiné dicha mano. El descubrimiento fue desorientador, del lado derecho, donde nace el meñique, brotaba de mi un liquido ligeramente espeso de color rosa. No terminé de sorprenderme cuando escuché que a mis espaldas algo cayó y pasó por entre mis piernas el mechón de cabello que antes había atado. Los cabellos gruesos y numerosos que conforman mi cabellera se iban con la corriente. Este desprendimiento fue seguido por los piercings, aretes y pendientes que colgaban de mi rostro y orejas. Caían al ritmo con el que caen las hojas de los árboles a la orilla del río. Las joyas aterrizaron en el agua como piedras y crearon pequeñas ondas antes de ser transportadas por la corriente. Me invadió la confusión y en un angustioso intento por salir del río y pensando que era lo que pasaba conmigo, una roca cortó uno de mis pies. El dolor no era fuerte, pero el problema vino cuando mi pie perdió toda rigidez y cedió al peso del resto del cuerpo. El pie había sido infectado por este inexplicable síndrome. La cadera bajó inclinada al lado derecho de mi cuerpo por la compresión del pie al peso, haciendo que la piel se arrugara y se amontonara sobre si. Perdí el equilibrio por fin y la corriente me llevó.

Kilómetros después impacte con una piedra y esta me dirigió hacia un cúmulo de piedras en el centro del río. No sentía las piernas ni el brazo derecho. Gire con dificultad mi cabeza, para tener una vista de mi estado. Una escena espeluznante; de mis piernas solo quedaba la piel, totalmente drenadas de todo su contenido, tenían el aspecto de una bolsa de plástico, arrugada, plana, deforme y plegada como un trapo tirado al suelo. Mi brazo derecho tenía un aspecto parecido: flácido, sin contenido, similar al pellejo de un pollo. El izquierdo aún conservaba un poco de contenido, pero no lo podía mover y poco a poco perdía su consistencia. Mis pensamientos turbados por la situación, trastornaron mis ideas. Todo era una mezcla caótica de posibles soluciones, probables explicaciones y psicóticos lamentos. No conseguí levantarme y buscar ayuda, así que opté por gritar. Grité con toda la agonía que pueden tocar las cuerdas vocales, una y otra vez grité por auxilio, con chillidos y fuertes vozarrones de los más intensos sufrimientos. En un grito, los dientes se desataron de las encías y cayeron a mi garganta, escupirlos era inservible dada mi posición. Lo único que logré fue lacerar el interior de mi boca y garganta. Las muelas me impedían respirar. Me ahogaba con mis propios incisivos. Mis extremidades no respondían, por lo que no logré articularlas para sacar los dientes de allí. Intenté levantar mi espalda y así poder escupirlos con ayuda de la gravedad. Con gran presión en el abdomen incliné un poco mi espalda, pero antes de poder levantarme del todo, las vértebras se quebraron, produciendo el dolor de mil miserables vidas. Solo podía permanecer acostado, padeciendo la tortura procuto del agudo dolor y lamentando mi suerte. De reojo veía como un líquido rosa salía de mi espalda y se filtraba por las piedrecillas. Definitivamente estaba siendo drenado y no quedaría nada dentro de mi. El sentimiento de llanto llegó y cuando iban a brotar lágrimas, los glóbulos oculares salieron fuera de sus órbitas. Hasta la luz fue extraída de mi.

Pienso en si reconocerían mi cadáver, ya no tengo nada que me distinga de cualquier otro muerto. Esta piel arrugada, seca, parecida al plástico de un objeto desinflado, es lo único que quedará. Aunque en algún momento podrían llegar los chulos y consumirla y ahí sí no quedará rastro alguno de mi cuerpo. Quedarán eso sí, las fotos que dejé a mi sobrino, esa si las encontraran. Ya no escucho el pasar del río. ¿Qué quedará de mí?... ¿Quedará quien yo pretendo ser?...o ¿Quedará el juicio que tienen de mí?... Solo sé que moriré aprisionado en la inmovilidad... En la no voluntad... En la no decisión. Privado de la oportunidad de hacer de mi lo que me plazca. Mi destino fue sentenciado espontáneamente por un bicho insignificante. Sobre las rocas me deshago y mi único rastro es un líquido rosa que el agua se lleva.

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