Juan David Florez.


Generalmente me despierto con la garganta seca, quemada y harta de funcionar; otras veces despego mis ojos con la añoranza de recibir una buena noticia o simplemente un pensamiento que no esté rebosando de inseguridad o incertidumbre. Ciertamente, extraño el sentir de un buen sueño, de haber descansado totalmente y no percibir ni una pizca de agotamiento así haya estado postrado en esa cama ocho horas seguidas.  A pesar de eso, el alivio que significa la vuelta del sol es simplemente inconmensurable.

Sentirse sofocado en las madrugadas mientras te sientas sobre mi pecho no es agradable; saber que alguien me observa desde la esquina favorita de mi habitación tampoco lo es. Mi soledad no debería servir como excusa para que una sombra me acompañe cada noche, como si se tratase de una visita efímera.

A veces me pregunto qué tan perturbador puede resultarle a una persona convivir con un sujeto vestido de negro que luce sediento de cobardía y temor. Debe ser que pasar por eso desde la niñez causa algún tipo de apego. De cualquier forma, detesto que se haya vuelto costumbre el hecho de ver cómo te ríes de mí en silencio mientras te pavoneas a lo largo y ancho de mi departamento, rezarle a un crucifijo colgado mientras caen las lágrimas sobre mi sábana y claro, de huir de mis cobijas mientras siento cómo se acerca el pánico, aún así sabiendo que mis intentos jamás tendrán éxito.

En fin, sea cual sea la circunstancia, me aterra más pensar que poco a poco van siendo consumidas mis ganas de todo por culpa de un ente al que ni siquiera puedo nombrar. Necesito ayuda, sí, pero cada noche el nudo de la garganta y el vacío del pecho se vuelven más amigos; se tienen cariño, eso lo tengo claro. Siento punzadas en el corazón cada que se juntan y quizá sea eso lo que me impide pedir ayuda por otro medio que no sea una hoja en blanco.

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